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E L  O R D E N     R E S T I T U I D O

El artificio del collage viene en esencia a inscribir, literalmente, en el seno de la obra plástica un fragmento de realidad. Y con la implacable inmediatez de esa apropiación de lo real se esfuma, por así decir, la distancia que va de lo vivo a lo pintado.

 

 

 

Como, a su vez, en la tan larga, fecunda y diversa estela que su irrupción como técnica especifica deja en el devenir de la creación contemporánea, bien a menudo en la mecánica del collage todo se hace fragmento, pura apropiación y entretejido de despojos de lo existente. Entonces, su ambición mas bien parece la de restituir, a partir de los escombros de la experiencia sensible, el orden que cifra su quimérica y esquiva integridad en el latido de la vida.

Desde el umbral, al menos, de nuestro flamante siglo, la estrategia del collage, ya sea en la acepción estricta y literal cono en esa otra deriva objetual mas enfática del ensamblaje, nutre por entero el hacer en la obra de Bernabé Gilabert. Ya era así, por ejemplo en el caso de las telas realizadas hacia el cierre de los años noventa, y ello en un doble sentido. De entrada, por la adición al lienzo de recortes fotográficos, retales de tejidos estampados o de papel pintado. Pero también, en una dimensión mucho más significativa y concluyente si cabe, en función del contagio que, en dichos trabajos, impregna la sintaxis compositiva integral de la obra, sometida por entero la lógica de articulación de lo fragmentario.
Partiendo de tal base, las series desgranadas por el artista manchego en el curso de estos últimos años, y que dan cuerpo a la exposición que aquí presentamos, no han hecho, en definitiva, sino explorar otros desarrollos vertebrados en torno a ese mismo eje seminal. La más explicita, si se quiere, es la del largo ciclo de pequeños collages efectivos compuestos con papeles recortados, donde el color y textura propios de cada elementos, como el residuo de una imagen, modulación ornamental o componente tipográfica, que especifican su procedencia de los medios de masas, hacen plenamente manifiesta la estricta intervención de materiales no sometidos a reelaboración, mientras que la dicción compositiva que los organiza finalmente en el seno de la obra viene a apelar ya, de manera elocuente, al empleo de una sintaxis inequívocamente enraizada en la tradición constructivista.
Aunque quizá, en un sentido a la postre más estricto, tal vez resultaría más propio vincular ese deslizamiento particular del lenguaje de Gilabert a otra estirpe análoga, bien que de matiz algo distinto, la de aquel enclave fronterizo, como en buena parte mestizo, en el que vendrían a confluir, en terreno compartido de imprecisa diferenciación, las huestes del constructivismo y de dadá. Un perfil que se ajusta bien, en todo caso, a los collages de nuestro artista mencionados anteriormente y que, si quieren, se dejaba ya en parte intuir, de modo latente, incluso en sus lienzos del 99, pero que corresponde sin duda en plenitud a ese otro ciclo de cajas que Gilabert bautiza explícitamente como "construcciones", en las que extrae, mediante el equilibrio de volúmenes, la dicción y combinatoria de color, como en el juego de filtros y transparencias, un horizonte de registros incomparablemente más dúctil.
Mas, donde a la postre la indagación reciente de Bernabé Gilabert alcanza una formulación más extrema, a la par que genuinamente sugestiva y personal es , paradójicamente, aquella que al tiempo resulta, a su vez, más despojada y subterráneamente compleja. Me refiero, claro está. A esa singular tipología que el propio artista ha englobado, no sin un punto de ironía, bajo el término "de-construccion". Toma Gilabert como base de partida para elaborar dichas piezas, en la mejor y más íntima tradición operativa del collage y el ensamblaje neodadaísta, un elemento estrictamente saqueado – si me disculpan la malsonante de la expresión – "de la puta calle", un objeto preexistente que, una vez cumplida su función operativa, ha quedado debidamente relegado al status residual. Se trata, en concreto, de los llamados, en terminología industrial , "pales", esas estructuras conformadas por plancha de madera que se utilizan como base de sustentación en el transporte de maquinaria o materiales de construcción de la mas diversa índole. Debidamente alterada luego parcialmente su estructura, en clara aplicación del proceso "duchampiano" de "rectificación" del objeto encontrado, en función de las necesidades estratégicas de cada pieza concreta, el palé, en su configuración definitiva, -que mantendrá, en todo caso , las plancha de madera en su textura original-, proporciona a Gilabert el esqueleto de la obra, su arquitectura en definitiva, en cuyos huecos resultantes encaja seguidamente el artista lienzos del formato correspondiente, resueltos, cada uno de estos, a modo de un campo de color uniforme.
El resultado de este extraño encuentro entre el andamiaje de broncas tablas y la etérea polifonía sensual del color, tiene algo de desconcertante, como de acoplamiento contra natura, canto entretejido por el grito y el fluir melódico, alianza entre el desgarro y la mas grácil cadencia lírica. Bien que quizás no sea otra la tarea del arte, y al fin su prodigioso destino. Un viaje circular, camino de ida y vuelta. Que al tiempo que arranca su inerte presa al reino del objeto, es capaz luego de revelar en su entraña de ceniza un alma insospechada.

FERNANDO HUCI

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