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EXPOSICION EN ARANDA DE DUERO

Cuando parece que cambia de estética o de estilo, Bernabé Gilabert observa y registra las sucesivas mudanzas que componen el suicidio del objeto. Ilustra el curso de un tiempo hecho de texturas con ojos desapasionados, como si cada nuevo despojamiento perfeccionara una imagen ideal de las cosas, deliberadamente inalcanzable. Demora la muerte para poder demorar su representación.

En su necesidad de intensificarse, un objeto tiende los brazos hacia la nada abstracta; otro vuelve la vista atrás y añora (y, efímeramente, revive) una infancia de luces y sentidos. Pero el camino es inexorable y en cada cuadro el espacio se nutre de un nuevo vacío, una ausencia reveladora de lo que hubo y de lo que podría haber, menos inequívoca que su memoria.
La tela tiene vocación de pared; toda forma puede ser hallada entre sus anfractuosidades, pero ninguna es objetiva ni admite demostración. Las que aún son reconocibles parecen a punto de dejar de serlo, o fingen sus primeros balbuceos abocados al color y al deterioro. Apartamos un momento la mirada y la imagen recordada se ha desvanecido: pero hay otras esperando a ser requeridas, que brotan y se manifiestan sin revelar si regresan del mundo de lo figurado o se dirigen a él. Una y otra vez se cubren y desvisten de materia desdeñosa de conceptos, en el limite de los improbable, juzgándonos. Porque lo real, las cosas, nosotros, somos sólo una excusa para ser formulados.

Miguel Muñoz- 1994

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